Marina Franco
y Florencia Levín: El pasado cercano en
clave historiográfica (fragmentos)
Capítulo
incluido en Franco, M. y Levín, F.
(comp.). Historia reciente. Perspectivas y desafíos para un campo en
construcción. Buenos Aires, Paidós, 2007
Tiempo, historia e
historiografía
Es
un dato de nuestros tiempos que el pasado cercano se ha constituido en objeto
de gran presencia y centralidad, casi de culto, en el mundo occidental. Se
trata de un pasado abierto, de algún modo inconcluso, cuyos efectos en los
procesos individuales y colectivos se extienden hacia nosotros y se nos vuelven
presentes. De un pasado que irrumpe imponiendo preguntas, grietas, duelos. De
un pasado que, de un modo peculiar y característico, entreteje las tramas de lo
público con lo más íntimo, lo más privado y lo más propio de cada experiencia.
De un pasado que, a diferencia de otros pasados, no está hecho sólo de
representaciones y discursos socialmente construidos y transmitidos sino que
está además alimentado de vivencias y recuerdos personales, rememorados en
primera persona. Se trata, en suma, de un pasado “actual” o, más bien, de un
pasado en permanente proceso de “actualización” y que, por tanto, interviene en
las proyecciones a futuro. Hoy en día, diversas prácticas sociales y
culturales, así como un número creciente de disciplinas y campos de
investigación, hacen del pasado cercano su objeto e incluso a veces su excusa y
medio de legitimación. La memoria, en primer término, como práctica colectiva
de rememoración, intervención política y construcción de una narrativa
impulsada por diversas agrupaciones e instituciones surgidas tanto de la
sociedad civil como del Estado, parece tener la voz cantante en este vuelco
hacia el pasado reciente. Asimismo, la tematización de aspectos de ese pasado
en el cine (ficción y documental) y la literatura, la aparición de un sinnúmero
de estudios periodísticos, la construcción de museos y memoriales, los
encendidos debates públicos y sus repercusiones en las columnas de los diarios,
así como el auge de los testimonios en primera persona de los protagonistas de
ese pasado, dan cuenta de su creciente preponderancia en el espacio
público.
En
el terreno estrictamente historiográfico, el acrecentado interés por este
pasado cercano se ha manifestado en el renovado auge de un campo de
investigaciones que, con diversas denominaciones –historia muy contemporánea,
historia del presente, historia de nuestros tiempos, historia inmediata,
historia vivida, historia reciente, historia actual– se propone hacer de ese
pasado cercano un objeto de estudio legítimo para el historiador. Lejos de
tratarse de una cuestión trivial o anecdótica, la gran diversidad de
denominaciones demuestra la existencia de algunas dificultades e
indeterminaciones a la hora de establecer cuál es la especificidad de este
campo de estudios. En efecto, ¿cuál es el pasado cercano? ¿Qué período de
tiempo abarca? ¿Cómo se define ese período? ¿Qué tipo de vinculación
diferencial tiene este pasado con nuestro presente, en relación con otros
pasados “más lejanos”? Un camino posible
para responder estos interrogantes es tomar la cronología como criterio para
establecer la especificidad de la historia reciente. Si bien ésta es una opción
posible y de hecho bastante utilizada, existen sin embargo algunos problemas.
Para empezar, a diferencia de otros pasados más remotos sobre los cuales se han
construido y sedimentado, no sin dificultades y disputas, fechas de inicio y
cierre, no existen acuerdos entre los historiadores a la hora de establecer una
cronología propia para la historia reciente (ni a nivel mundial ni a nivel de
las historias nacionales). Además, aun si se resolviera el problema de
establecer las fronteras cronológicas precisas, nos enfrentaríamos al hecho de
que al cabo de un cierto tiempo (cincuenta o cien años, por ejemplo), ese
pasado hoy considerado “cercano” dejaría de ser tal. En consecuencia, el objeto
de la historia reciente tendría una existencia relativamente corta en cuanto
tal. Estas dificultades muestran que la
cronología no necesariamente es el camino más adecuado para definir las
particularidades de la historia reciente. Por eso, a la hora de establecer cuál
es su especificidad, muchos historiadores concuerdan en que ésta se sustenta
más bien en un régimen de historicidad particular basado en diversas formas de
coetaneidad entre pasado y presente: la supervivencia de actores y
protagonistas del pasado en condiciones de brindar sus testimonios al
historiador, la existencia de una memoria social viva sobre ese pasado, la
contemporaneidad entre la experiencia vivida por el historiador y ese pasado
del cual se ocupa. Desde esta perspectiva, los debates acerca de qué eventos y
fechas enmarcan la historia reciente carecen de sentido en tanto y en cuanto
ésta constituye un campo en constante movimiento, con periodizaciones más o
menos elásticas y variables (Bédarida, 1997: 31). Por otra parte, si consideramos el conjunto
de investigaciones abocadas al estudio del pasado cercano encontramos que los
criterios antes mencionados suelen estar atravesados por otro componente no
menos relevante: el fuerte predominio de temas y problemas vinculados a
procesos sociales considerados traumáticos: guerras, masacres, genocidios,
dictaduras, crisis sociales y otras situaciones extremas que amenazan el
mantenimiento del lazo social y que son vividos por sus contemporáneos como
momentos de profundas rupturas y discontinuidades, tanto en el plano de la
experiencia individual como colectiva. Si en la práctica profesional el
predominio de estos temas es un fenómeno recurrente, lo cierto es que no
existen razones de orden epistemológico o metodológico para que la historia
reciente deba quedar circunscripta a eventos de ese tipo. Finalmente, y en
estrecha vinculación con lo anterior, parece evidente que otro elemento que sin
duda interviene en el establecimiento de lo que es considerado “pasado cercano”
es la apreciación de los propios actores vivos, quienes reconocen como
“historia reciente” determinados procesos enmarcados en un lapso temporal que no
siempre, y no necesariamente, guardan una relación de contigüidad progresiva
con el presente, pero que en definitiva para esos actores adquieren algún
sentido en relación con el tiempo actual y eso es lo que justifica el vínculo
establecido (Visacovsky: 2006). En suma, tal vez la especificidad de esta
historia no se defina exclusivamente según reglas o consideraciones temporales,
epistemológicas o metodológicas sino, fundamentalmente, a partir de cuestiones
siempre subjetivas y siempre cambiantes que interpelan a las sociedades
contemporáneas y que trasforman los hechos y procesos del pasado cercano en
problemas del presente. En ese caso, tal vez haya que aceptar que la historia
reciente, en tanto disciplina, posee este núcleo de indeterminación como rasgo
propio y constitutivo. A pesar de ello, lo cierto es que la historia reciente,
en tanto disciplina, tiene ya una trayectoria relativamente larga dentro de la
historiografía occidental contemporánea cuyos orígenes se remontan a las
experiencias inéditas y críticas de la Primera Guerra Mundial, la Gran
Depresión y poco después la Segunda Guerra Mundial (…).
Ahora
bien, si la historia reciente constituye un campo que tiene más de medio siglo
de vida la pregunta que surge es por qué ahora, en los últimos tiempos, ha
cobrado aún más vigor. La respuesta a este interrogante es ciertamente compleja
y sólo puede esbozarse teniendo en cuanta una multiplicidad de procesos y
variables. En primer lugar, es preciso
mencionar las profundas transformaciones que han afectado por entero al mundo y
a nuestras representaciones sociales sobre él. En una dimensión amplia y
secular, la sucesión de masacres modernas y organizadas –entre ellas, las
guerras mundiales, el Holocausto y los sucesivos genocidios– a lo largo de este
último siglo (de cuya repetición y lógica sólo se ha tomado conciencia
recientemente) ha puesto en cuestión el presupuesto del progreso humano acuñado
en los siglos precedentes. Así, la toma de conciencia de esta nueva realidad ha
enfrentado crudamente a la humanidad con la necesidad de comprender su pasado
cercano. Junto a ello, la crisis y descomposición del bloque de los países del
Este, la crisis sostenida del capitalismo a nivel internacional y, más
recientemente, la reinvención de un nuevo enemigo para Occidente y la
reconstitución de un escenario bélico mundial, han terminado de derrumbar las
viejas certezas y han dejado lugar a nuevas incertidumbres que impactan
fuertemente, entre otras cosas, en las modalidades a partir de las cuales las
sociedades occidentales se relacionan con su pasado (dentro de las cuales la historia
es tan sólo una).
(…)
Algunos desafíos
para la historiografía de la historia reciente
Dadas
las peculiaridades de la historia reciente, fundamentalmente las que se derivan
de su particular régimen de historicidad, el trabajo del investigador dedicado
al estudio del pasado cercano se ve atravesado por una serie de vinculaciones
complejas con un conjunto de prácticas, discursos e interacciones sociales y de
su propio tiempo que lo obligan a confrontar con perspectivas diversas y a
revisar y reelaborar permanentemente su propia posición y su propia práctica.
En particular, nos interesa trabajar la relación de la historia con la memoria,
con el testimonio y con la gran expectativa social acerca del pasado cercano
que se traduce en una demanda de respuestas e incluso de intervenciones
públicas por parte de los especialistas.
Memoria
Comencemos
por señalar que por memoria se puede denominar una amplia y variada gama de
discursos y experiencias. Por un lado, memoria puede aludir tanto a la
capacidad de conservar o retener ideas previamente adquiridas como,
contrariamente, a un proceso activo de construcción simbólica y elaboración de
sentidos sobre el pasado. Por otro lado, la memoria es una dimensión que atañe
tanto a lo privado, es decir, a procesos y modalidades estrictamente
individuales y subjetivas de vinculación con el pasado (y por ende con el
presente y el futuro) como a la dimensión pública, colectiva e intersubjetiva
(…). Más allá de estas distintas vertientes que aluden a objetos diversos,
cuando los investigadores, filósofos o teóricos hablan de memoria pueden estar
haciendo referencia a dos órdenes completamente diversos que, sin embargo,
pueden guardar entre sí estrechas y complejas relaciones. Por una parte, con
frecuencia la noción de memoria hace referencia a una dimensión epistémica que,
precisamente, señala esos diversos objetos mencionados - discursos, recuerdos,
representaciones (tanto individuales como colectivas)- como así también a un
subcampo disciplinar específico que se encarga de su estudio. Pero, en otro
orden, la noción de memoria alude a la capacidad y, sobre todo, al deber ético
de extraer de la masa informe de los muertos las individualidades y las
historias sustraídas (Tafalla, 1999: 90) para restituir, por más imposible que
resulte esa tarea, las identidades abolidas y ocultadas por los regímenes de
exterminio industrializado. En este caso, la memoria, o lo que muchas veces se
denomina “razón anamnética”, constituye un imperativo ético que deriva de la
línea del mal radical, de lo inconmensurable, del crimen imprescriptible e
imperdonable (Ricoeur, 2000). Estas dos vertientes suelen aparecer
entremezcladas, confundidas e indiscriminadas en muchos de los extensos debates
teóricos acerca de la memoria. El
espacio privilegiado que el acto de “hacer memoria” –en cualquiera de sus
formas: pública o privada, individual o colectiva– ha adquirido en las últimas
décadas en las sociedades occidentales ha planteado una suerte de querella de
prioridades con la historia, lo cual ha dado lugar a largos y fructíferos y
debates. Sintéticamente, podemos
reconocer dos modalidades antitéticas y ciertamente maniqueas de comprender la
relación entre la historia y la memoria (considerada, esta última, en su
dimensión epistémica): de una parte, están quienes plantean que existe entre
ambas una oposición binaria; de otra, quienes suponen que, en definitiva,
historia y memoria son la misma cosa. En el primer caso, se opone un saber historiográfico
capturado por los preceptos positivistas de verdad y objetividad a una memoria
fetichizada y acrítica. En el segundo, se entiende que la memoria es la esencia
de la historia y, por lo tanto, se da por supuesta una historia ficcionalizada
y mitificada (LaCapra, 1998: 16-19). Sin
embargo, es posible (y deseable) superar estas posturas simplistas a partir del
reconocimiento de que historia y memoria son dos formas de representación del
pasado gobernadas por regímenes diferentes que, sin embargo, guardan una
estrecha relación de interpelación mutua: mientras que la historia se sostiene
sobre una pretensión de veracidad, la memoria lo hace sobre una pretensión de
fidelidad (Ricoeur, 2000), pretensión ésta que se inscribe en esa dimensión
ética de la memoria mencionada más arriba. En esta lógica de mutua
interrelación, la memoria tiene una función crucial con respecto a la historia,
en tanto y en cuanto permite negociar en el terreno de la ética y de la
política aquello que debiera ser preservado y transmitido por la historia
(LaCapra, 1998: 20). Desde el punto de
vista de la historia, la relación con la memoria puede ser establecida de
diversas maneras: la historia puede cumplir un importante papel en la construcción
de las memorias en la medida en que su saber erudito y controlado permite
“corregir” aquellos datos del pasado que la investigación encuentra alterados y
sobre los que se construyen las memorias (Jelin, 2002). Pero este rol de la
historia como “correctora” no debiera suponer el establecimiento de una contraposición entre
“la verdad” de la historia frente a las “deformaciones” de la memoria. De otro
modo, se caería en la ilusión de que la historiografía puede independizarse de
la memoria y, sometida a sus propias reglas de validación, liberarse de la
selectividad y la subjetividad que gobiernan la memoria. Como es fácil
advertir, este vínculo entre historia y memoria no es nada sencillo y la
confrontación es casi inevitable cuando las reglas de la producción
historiográfica sitúan al historiador en una visión diferente y a veces opuesta
a la de otros actores que brindan sus testimonios sobre los mismos hechos y
procesos que aborda el investigador (Pomian, 1999:379-80). Por su parte, la memoria puede ser muy útil
para reconstruir ciertos datos del pasado a los cuales es imposible acceder a
partir de otro tipo de fuentes (Jelin, 2002) aunque, ciertamente, los
historiadores deben recurrir a una serie de resguardos metodológicos ya que los
individuos no son repositorios pasivos de datos históricos coherentes y
asequibles sino que, en su proceso de recordar, las subjetividades,
deformaciones, olvidos y ambigüedades se cuelan a veces incluso de modo
solapado (James, 2004: 127; Portelli, ob.cit.). Sin embargo, como dice
Alessandro Portelli, la importancia del testimonio oral no reside tanto en su
“adherencia al hecho” como en su alejamiento del mismo, cuando afloran la
imaginación, el simbolismo y el deseo. En este caso, las fuentes orales,
basadas en las memorias individuales, permiten no tanto, o no sólo la
reconstrucción de hechos del pasado, sino también, mucho más
significativamente, el acceso a subjetividades y experiencias que, de otro
modo, serían inaccesibles para el investigador (Portelli, 1991: 42-43). Así,
esta puerta que abren la memoria y el testimonio oral constituye la base de una
vertiente muy rica y en pleno auge de una historiografía que toma la
subjetividad como un objeto de estudio tan legítimo como cualquier otro. Ahora bien, si la singularidad y
trascendencia de la memoria para cada persona que ha vivido una experiencia es
inobjetable, el fin de la historiografía no es dar cuenta de esa trascendencia
sino pensar, enmarcar, “normalizar” en una cierta lógica lo que para cada
individuo es excepcional e intransferible (Traverso, 2005). En ese sentido, la
historiografía debe “servirse” de la memoria sin necesariamente rendirse ante
ella, debe guardar el respeto por esa singularidad intransferible de la
experiencia vivida, pero no puede, sin embargo, entregarse a ella
completamente.
(…)
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